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La demagogia del revolucionario

Llevo más de un mes sin escribir. Lo explico: me desanima la demagogia del revolucionario. Porque está muy bien llamar a la revolución (o a la Revolución, con mayúscula reverencial impregnada de la mística del guerrero), pero se pierde toda legitimidad cuando se acusa a los demás de golpistas (¿acaso no estarían dispuestos, si dispusieran de los medios, a tomar el poder por la fuerza?), de asesinos (¿no se ha pedido una y mil veces la muerte de los caciques capitalistas?), de ladrones (¿no se propugna la estafa a los bancos y a las aseguradoras? Vale con imbuidos del complejo de Robin Hood, pero ¿no se hace?), de mentirosos (¿no se exageran las cifras desde la crítica política? ¿No se niegan algunos hechos inconvenientes para la causa?) y de tantas otras cosas.

Lo último que leí fue una acusación tremendamente graciosa: atentan contra la independencia judicial. Vamos a ver, camaradas míos. ¿Qué más da? O la inopia les impide ver que todo sistema político exige tener a la administración de justicia bajo el yugo, o la hipocresía que ronda las filas militantes por el envilecimiento de la lucha les calla como a rameras sobre ciertos hechos.

Ni Chávez ni Hitler, pongamos, pueden acusar de golpista a nadie. Porque los dos intentaron antes de la vía electoral la vía de las armas.

El problema es que todavía, y es algo que no llego a comprender, los revolucionarios, los que subversores del Sistema, los paladines de un nuevo orden, no han salido todavía del actual estado de cosas.

No sé si van a la conquista del Estado, para cambiarlo, o a la conquista del Gobierno, para sustituirlo. Son muy distintos proyectos. ¿Qué hace Falange presentando denuncias y buscando tutela judicial? Además del ridículo, traspasar toda su legitimidad revolucionaria al Estado, pero en forma de legitimidad moral. No sé si calculan que, a la postre, sus insultos y sus reivindicaciones destructivas no serán escuchadas con el mismo interés.

La situación es parecida a la que provocan no pocos grupos fascistoides, de apariencia waffen, deslumbrados con el compás de los desfiles germanos y el tronar de las trompetas wagnerianas, cuando piden protección policial para pasearse, con guardaespaldas, por las provincias vascongadas.

¿Quién tomará en serio a un grupo que se supone paramilitar, o al menos que quiere recoger la esencia del estilo guerrero antiguo, si para ondear sus trapos viejos necesita el respaldo de los mercenarios del régimen que dice detestar?

Son cuestiones no poco importantes que me hacen retroceder con asco similar a la náusea y que entiendo que provoca también rechazo en el pueblo llano, susceptible de unirse a ciertas filas.

La demagogia del revolucionario, que para atacar al sistema se erige en moralista, es el ocaso de la lucha. La posición es cómoda: representar la moral capitalista para criticar la falta de moral en este capitalismo. Pero para eso ya está Rosa Díez. El puesto del revolucionario exige criticar incluso el buenismo capitalista, hasta las mejores y más bondadosas aplicaciones del feroz sistema, porque ellas son precisamente el primer enemigo: hacen parecer innecesario el cambio y muy posible la subsistencia sin él.

Imagen: el perro Lukanikos en los últimos altercados atenienses.

Categorías:Opinión
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