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Olvidar la revolución

Edmond de Goncourt fue un francés del siglo XIX, escritor y mecenas. En su testamento previó la creación de un premio literario que, en honor a su hermano Jules y con su apellido, galardona desde 1903 la mejor creación en prosa del año. Entre los ganadores han estado Proust, Malraux y Barbusse.

En su Diario, empezado con Jules, en la entrada del 15 de junio de 1860 puede leerse lo siguiente: «el sufragio universal, que es el derecho divino de la mayoría, representa una enorme disminución de los derechos de la inteligencia».

Los hermanos Goncourt tenían un grupo de amigos, en esa Francia revolucionaria de mitad del siglo XIX, muy sensible en cuanto a la soberanía popular. Así, desde Flaubert que la califica «la vergüenza del espíritu humano» (carta a George Sand, 8.XI.1871) hasta Renan, que afirmaba que «el azar del nacimiento es menor que el azar del escrutinio» (La reforma intelectual y moral).

Desde ellos, que criticaron el sufragio universal en sus albores, hay toda una corriente contra la canallocracia -que decía De Maistre- a la que poder recuperar como bagaje cultural desde la óptica revolucionaria del siglo XXI.

Hay que recuperar el tiempo perdido.

El partido revolucionario, en tanto que movimiento que adopta las formas materiales del régimen para subvertir su orden, puede caer en el error de pensar que ahí reside toda su lucha. Al fin y al cabo, se trata de una estructura política con no poco trabajo por delante: alcanzar determinados resultados electorales para influir -o tomar- el gobierno. Y también puede caer en el error contrario: que todo es la revolución, entendida como destrucción desde fuera del sistema.

Recuerdo unas palabras de Savater, seguramente plagiadas a cualquier filósofo, en las que establecía la diferencia entre el terrorismo como ideología y el terrorismo como instrumento. Acusar a ETA de terrorista y ya está, decía, es olvidar que ellos pretenden algo más.

Pues bien, el partido revolucionario ¡debe olvidar la revolución! Porque no es más que el instrumento de una cosmovisión para hacerse valer en el mundo de la economía política. Olvidar la revolución en el sentido único de dejar que los burócratas se dediquen al papeleo, al chanchullo político. La comunidad, que es la que tiene que disfrutar de una existencia en libertad y ascenso, no tiene por qué estar involucrada en esa canallesca política. José Antonio, en uno de los gestos más románticos y sensatos -cosa rara en él- de su jefatura falangista, pidió a sus camaradas que no acudieran al Congreso de los Diputados, aunque él tuviera un escaño. No quería que se envilecieran con el espíritu (¡o su ausencia!) de aquel lugar.

Mis diatribas contra los partidos políticos de herencia fascista continúan: son la perversión del espíritu comunitario. Provocan precisamente lo que quieren evitar. Los románticos del siglo XIX se quejaban de que las elecciones generales constituían «el sistema de gobierno más idiota» (Claudel). ¿Por qué querría un partido meter a todos sus militantes en él? La revolución exige ser olvidada. Sólo así la comunidad seguirá adelante y una casta (no élite) podrá dedicarse a recabar los apoyos políticos necesarios. Pero un fracaso electoral no significa otra cosa que un fracaso en el marketing electoral. ¿Acaso puede interpretarse como un rechazo frontal del pueblo? Y, aunque lo signifique, ¿es que el pueblo tiene legitimidad alguna para dirimir el bien del mal? Un revolucionario debe saber ser rechazado.

Imagen: Ludwig Herterich, Ulrich von Hutten

Categorías:Opinión
  1. Harto
    abril 28, 2010 a las 9:55 pm

    No entiendo bien porqué han de olvidar la revolución. La revolución bien entendida también significa cambiar por dentro y cambiar tu relación con los compañeros. La revolución es también formar el hombre nuevo. Y como no, luchar, destruir, en los momentos que requiere el movimiento.

  2. Juan Pablo Vitali
    mayo 3, 2010 a las 4:11 am

    Cuando una comunidad sabe defenderse a sí misma, puede olvidar la palabra revolución. Pero esa palabra como tantas, está tan gastada que debería traer en cada caso un manual de interpretación, ya que revolucionarios somos todos, depende cómo se lo mire.

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