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El Estado

El 14 de marzo de 1931, un mes antes de la proclamación de la II República española, Ramiro Ledesma Ramos daba el salto a lo que se conoce entre sus estudiosos como su tercera etapa intelectual. Después de una juventud literaria perfectamente acreditada por una novela madura, El sello de la muerte, y una obra filosófica avalada por publicaciones como la Revista de Occidente o La Gaceta Literaria de su amigo Giménez Caballero, salía a la luz el primer número de la revista La Conquista del Estado, cuna del nacionalsindicalismo y primer órgano de expresión de sus valedores en España.

Precisamente en ese número y bajo el título de «Nuestro manifiesto político», se exponían las «columnas centrales» de la ideología naciente. A pesar del estado embrionario de la doctrina política en aquel momento, la validez de aquellos planteamientos en el «fascismo» español se mantuvo vigente hasta el final de la II Guerra Mundial y la derrota definitiva del fascismo estatalista (aunque es un tema polémico, vale decir que el fascismo confió en el Estado hasta 1945 y quiso destruirlo a partir de entonces, recogiendo ciertas tendencias ácratas y del comunismo trotskista).

Por eso no es de extrañar que, con la inmadurez característica de los primeros pasos de un movimiento con aspiraciones políticas, se llamara a la «supremacía del Estado». Sólo la República Social Italiana, en los estertores de las potencias del Eje, supo ver claramente la posición del Estado dentro de la amalgama estructural de un pueblo. Atribuir «la realización de todos los valores de índole política, cultural y económica» no deja de ser un ejercicio de buena fe con respecto a la realpolitik. La realidad es que el Estado, en tanto que infinitamente más poderoso y capaz que el individuo, deja de ser un «nosotros» para convertirse en un ente independiente y autómata. La burocratización de la vida, tan querida por algunos fascistas azules y tan detestada por el fascismo rojo, es la piedra de toque que distingue entre un Estado social de un Estado panburgués.

No podría faltar una «Afirmación nacional», que en esta ocasión se identifica con España como fuente de progreso. «¡Que todo español -dice Ledesma- sepa que si una catástrofe geológica destruye la Península o un pueblo extranjero nos somete a esclavitud, en el mundo dejan de realizarse valores fundamentales!». Hay que tener en cuenta que se trata de un momento de plena decadencia nacional en el que el pesimismo es general, con 1898 aún en la memoria, y en el que los nacionalismos periféricos todavía no tienen fuerza. La única amenaza real contra la nación española es la falta de responsabilidad para con su historia. Ledesma, en cambio, la acepta con «el peculiarísimo substrato nacional de nuestro pueblo». Montero Díaz (posterior jonsista), en un artículo de 1931, Los separatismos, ya proponía en todo caso que la solución para las naciones españolas consistía en independizarlas del Estado central para volver a unificarlas. Eso, decía, robustecería a España «por contrato». Pues bien, tal es la tesis fascista de entonces, y probablemente aún sea válida. ¡Qué diferencia con la caterva de diestros pareceres! ¡Qué poca importancia al Estado como foco creador de realidades!

Con razón hablaban del viejo Estado y del nuevo Estado.

Quedan al margen las postulaciones sobre la «exaltación universitaria», la «articulación comarcal de España» o la «estructura sindical de la Economía», pero setenta y nueve años después tenemos presentes, todavía, a los auténticos socialistas revolucionarios de España. Me he centrado, a sabiendas, en la parte nacionalista de la doctrina. ¿Quedarán dudas de su patriotismo limpio, distante del rancio sabor de la derecha?

Decía Ramiro: «Vamos al triunfo y somos la verdad española».

Imagen: Pancho Cossio, Ramiro Ledesma.

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