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Dónde están ahora

Los que hicieron a diario cosas propias de arcángeles,
los niños hechos hombres de un estirón de pólvora,
los que con recias botas la vieja piel de toro
trillaron, en los ojos quimeras y romances,
¿adonde están ahora? -decidme- ¿qué se hicieron?

Estos versos son de Luys Santa Marina (1898-1980) y los recojo mal y tarde de un blog. El problema de tener libros y ser generoso es que al final no te queda ninguno, y yo tenía una especie de antología azul mahón en la que aparecían, junto Ridruejo, Ángel María Pascual (conocí a no sé qué familiar suyo en Pamplona, con a un primo algo retirado de Ruiz de Alda; los dos son hoy carlistas cascarrabias) o a mi idiotizado tío Luis Rosales, algunos versos magníficos de Santa Marina.

Poco antes de morir, le dio por traducir. Ahí tenemos la obra de Kipling o Un mundo feliz de Huxley. Supo seleccionar bien a sus autores.

Precisamente, Aldous Huxley tiene un breve ensayo en el que habla de Baudelaire, donde afirma que «recurrimos a la poesía para la expresión más alta de nuestros sentimientos». Tan lejanas estas palabras de su literatura distópica o de sus panegíricos sobre la alteración del estado de conciencia, vuelve a acertar a pesar de todo. Luys, camisa vieja, se perdió en Barcelona con su humilde sueldo y su dignidad intacta.

La tragedia que sumió a Santa Marina en el olvido y en el bosque fue la de tantos, la de la disidencia falangista, la de las JONS aparcadas en el museo, la de aquellos luchadores forjados a golpe de granada y asalto que quedaron hundidos en la burocratización que sigue siempre a las victorias. El peligro del revolucionario cuando acaba la revolución (o las posibilidades de hacerla) es que puede sufrir mal de tierra y marearse con la paz. Entonces se venden al mejor postor, buscando refugio para su vejez porque ya lo han hecho todo y se merecen más. Ah, el ansia de gloria… «El revolucionario […] no puede tener ni intereses particulares, ni asuntos privados, ni sentimientos, ni amistades, ni pertenencias, ni siquiera un nombre». Lo dice Necháyev. Ante quienes lo incumplieron, deberemos preguntarnos: «¿adonde están ahora?».

Con Miguel Hernández podemos saborear el desencanto contrario, el que producen los que jamás tienen arrestos para lanzarse a algo más que el vocerío. Queda aquél celebérrimo poema (Los cobardes):

Estos hombres, estas liebres,
comisarios de la alarma,
cuando escuchan a cien leguas
el estruendo de las balas
con singular heroísmo
a la carrera se lanzan,
se les alborota el ano,
el pelo se les espanta.

Nos rodean muchos de ellos. Algunos lo habréis experimentado: pasan el día alardeando de su entrega revolucionaria, pero un día tuvisteis problemas de verdad y no aparecieron. Se quedaron escondidos, protegidos en la masa. Anteponiendo su seguridad a la integridad del grupo.

Imagen: Alfonso Ponce de León, Accidente.

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