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Los problemas económicos, según Mosley

Cuando en 1927 un joven Oswald Mosley señalaba, con la autoridad de su cargo de diputado y el carnet del Independent Labour Party en el bolsillo, que el fascismo era el más serio peligro para la paz, nada indicaba que pronto se convertiría en el joven fundador de la Unión Fascista Británica, que a punto estaba de instaurar un régimen que formaría un triunvirato con Hitler y Mussolini, para gloria de la vieja Europa.

Pero no pudo ser. Fue encarcelado en 1940, aunque tras la victoria de «los buenos» logró ser el único líder de la Internacional Fascista que pudo seguir con sus actividades. Ni en España, oigan, donde todos acabaron muertos, callados o exiliados.

Precisamente para contar sus andanzas, el Sir fascista escribió su autobiografía. En Mi vida enseña los entresijos de todo una construcción política que recuerda al Mi lucha hitleriano, aunque algo más ameno en forma y en fondo. Nadie negará a estas alturas que la primera parte de Mein Kampf es un rollo.

Al final del libro, a modo de conclusión justificante de sus impulsos políticos, da cinco «objetivos fundamentales» para la realpolitik de posguerra: la auténtica unión de Europa; la unión del Gobierno con la ciencia; el poder del Gobierno para poder actuar con rapidez y decisión, aunque siempre sujeto al control parlamentario; la dirección efectiva del Gobierno para resolver los problemas económicos mediante la regulación de los mecanismos de precios y salarios; y un plan definido para impulsar a la humanidad «hacia formas superiores de vida».

Quizá pueda quedar algo obsoleto hablar todavía de dirigismo económico o de algo parecido a una agencia hobbesiana que se imponga al individuo. Pero ¿en qué reside la libertad? Muchos critican la máxima leninista del «libertad, ¿para qué?», pero ¿alguien se ha detenido a contestarla? Es decir, ¿para qué quiere la libertad el individuo? ¿Para qué la quiere el grupo? Hoy hablan de libertad; y efectivamente podemos elegir entre varias marcas de detergente.

La libertad de la que tratan los sistemas políticos es la económica. De si hay capacidad real de acción mercantil, lo cual sólo puede darse en plenitud en dos casos: anarquismo o totalitarismo. Las medias tintas, en las que el Estado es un agente ambiguo que interviene cuando le apetece o cuando tiene que «corregir» determinados «defectos» del Sistema -que al parecer es una Idea que flota en un mundo platónico y a cuya perfección tratamos de acercarnos los imperfectos humanos- provocan esquizofrenia colectiva, una situación en la que seguridad jurídica se disuelve en la situación propicia o no de la economía y, por tanto, la autonomía de la voluntad desaparece.

Incluso la misma arbitrariedad del poder no sometido al control parlamentario colabora con esa negación de esa libertad.

Frente a la usura de la política economicista, el socialismo debe ser totalitario. La libertad reside en aquellas «formas superiores de vida» que se alcanzarán con una política cultural bien alejada de los terrenos mercantiles. La libertad bien puede consistir en que haya un solo banco o que la calefacción se le pague al Estado. ¿Por qué no? Hay sectores en los que la libre competencia rebaja la calidad para rentabilizar el producto; sectores donde el monopolio responsable de una gestora llevada por la comunidad que la contrata sería un enorme avance.

Que ese socialismo deba tener identidad europea es algo comprensible. El internacionalismo, lo decía Bakunin, es compatible con el patriotismo. Y Europa representa a nivel cultural y en cuestión geopolítica la única vía a la libertad.

Imagen: Wilhelm Petersen, Der Zug der Nibelungen

  1. febrero 18, 2010 a las 7:37 pm

    Conocereis la verdad y la verdad os hará libres; Jesucristo es el único que debe dirigir nuestras vidas para que todos estos imperios económicos explotadores del hombre desaparezcan.

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