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La venganza del pueblo

Cuando el anarquista ruso Sergéi Necháyev escribió su Catecismo del revolucionario (1868), tenía una cosa clara: el revolucionario no podía ser otra cosa, no podía tener más leitmotiv ni más proyecto que la revolución. Necháyev, que terminaría contactando con los asesinos del zar Alejandro II, era consciente de la transcendencia personal -interna- que tenía todo camino revolucionario: «es un enemigo implacable de este mundo, y si continúa viviendo en él es sólo para destruirlo más eficazmente».

La validez de sus escritos es universal. Han sido adoptados por anarquistas, comunistas, fascistas,… Sólo una clase de hombre no ha asumido su validez, precisamente por el carácter antirrevolucionario del que adolece: el homo economicus, el hombre moderno. Lo cual no puede llevar a una ridícula equiparación de sensibilidades, porque quizá lo único en común de aquéllos tres movimientos filosóficos sea la disidencia con éste. Hay que advertir que el ser revolucionario no es una ideología, porque no tiene implícitas consecuencias doctrinales. Es, en todo caso, un medio con el que jugar a las intenciones. Serán ellas, a la postre, las que adjudiquen o no la legitimidad ética.

Hace tiempo  hablé de que hay tres etapas fundamentales en todo proceso revolucionario. A saber, fase filosófica, fase de lucha y fase de afianzamiento (v. La Revolución: ámbito, etapas y pilares). Pero no aclaré algo y es que las tres fases deben ser superadas por el polo revolucionario y, sobre todo, ineludiblemente, por el sujeto revolucionario. No es admisible, en un intento de elevar la raza humana, que se impida (o simplemente que no se exija) el acceso al conocimiento de los elementos disidentes.

Se ha estado rechazando sistemáticamente la culturización de los grupos de lucha, pensando que quizá así no pondrían en jaque la jefatura de los suprarevolucionarios de salón. Se ha boicoteado el intento de darle prioridad a la racionalización del mensaje. Se ha negado la capacidad de creación ideológica a las bases. Y todo en aras de una disciplina que se ha manifestado inútil.

Incluso el Capitalismo, organizado en el Sistema a través de los Regímenes, con sus respectivos Gobiernos, ha advertido la incapacitación que sufre el militante ante la ausencia de ideas propias. Cuando el fascismo contaminado grita «más allá de las banderas no cabe pensar» está cediendo ante la irracionalidad de la idolatría capitalista. Recoge una serie de signos, los vacía de sentido, y los devuelve en forma de dioses absolutos.

Frente a ello, el revolucionario destruye los símbolos y crea unos nuevos, sabiendo que todo lo que de importante tienen está detrás, agazapado, y que sin el contenido el símbolo no es nada.

Para la praxis política esto tiene una consecuencia inevitable: «el revolucionario conoce una sola ciencia: la ciencia de la destrucción». Sus valores son nuevos y rompen con la tradición anterior. Él escoge sus argumentos y les da sentido. Lo hace él, sólo él, y no le vienen impuestos por nadie, ni siquiera por el propio núcleo del que depende orgánicamente.

Es decir, dedica su vida completa (pensamiento y acción) a una tarea: la revolución. Para ello debe tener claro que el único objetivo, el requisito indispensable para poder hacer algo, para crear algo, es la destrucción del Capitalismo. Mientras tanto, toda acción será inútil. En algún momento el Sistema deberá desplomarse y es entonces cuando se podrá construir el edificio de la revolución permanente.

Todo lo que no se acerque a la formación de un bloque revolucionario es perder el tiempo desgastando a la militancia.

Imagen: Dragos Kalajic, L’Iperborea.

  1. marzo 23, 2010 a las 2:51 am

    La destrucción de un orden implica siempre la ocupación del espacio de poder por otro orden. Lo importante es la naturaleza del orden y aqué tipo de hombre sirve.

    Interesante experimento histórico en mi país el justicialismo. Muchos anarquistas y socialistas confluyeron en él, también conservadores y demócratas. Hay momentos en los que el destino nos impone algo más allá de la ideología: la intuición revolucionaria: esa extraña fe de sangre y espíritu que trasciende la teoría. Eso que está en la voz de Eva Perón.

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