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Cuestiones previas

Yukio Mishima

Yukio Mishima

El mundo está hecho de tal manera que una y otra vez exigirán sangre los prejuicios, las pasiones; y hemos de saber que esto no cambiará jamás. Los argumentos varían sin duda; pero la estupidez mantiene eternamente su tribunal.

ERNST JÜNGER

Aquí, proa de Europa preñadamente en punta; / aquí, talón sangrante del bárbaro Occidente; / áspid en piedra viva, que el mar dispersa y junta; / pánica Iberia, silo del sol, haza crujiente.

BLAS DE OTERO

1 – A modo de introducción. Me despido…

…Y lo hago de los nacionalistas, de los fachas, de los fascistas, de los skins, de los rebeldes, de los revoltosos, de los nacionalistas, de las juventudes y de cuantos puedan tener relación con toda la pantomima pseudo-revolucionaria que han montado entre cuatro pelagatos de bandera y uniforme. Decía Mosley que toda revolución es la reacción de la clase media arruinada; la realidad es que el fascismo es la reacción de la clase media resentida y amargada, cuando no es simplemente -qué pena- el pasatiempos de una patulea de inquietos ignorantes.

No me arrepiento de haber estado en Falange (creo que en tres: la de los viejos, la de los fachas y la de los pijos), o en España 2000, o en Alianza Nacional, o en Acción Directa, o de haber colaborado en la Red Tercera Vía -que, para mí, con AD, es lo más digno que se ha hecho en los últimos años-; no me arrepiento, lo acepto honestamente, pero maldigo la hora en que decidí meterme en estas alcantarillas. Fue, como lo ha sido en muchos, la ingénita tendencia a complicarme la vida, a no callarme cuando veo atropellos contra la dignidad humana, a enfrentarme contra el más fuerte cuando abusa de su poder. Fue eso lo que me hizo tomar la senda de la acción política, pero me equivoqué de camino y de forma de avanzar. Donde creí ver un grupo de pastores resultó haber un rebaño más. Disfrazados de hombres libres, puede, pero rebaño al fin y al cabo.

Por suerte, con el tiempo descubrí que aquel no era el único camino de la disidencia. Fue así como me fui distanciando poco a poco, a la sordina casi, de todos los «soldados» del Führer o del Caudillo. Y de los mercenarios al servicio del Sistema que había infiltrados entre ellos: desde aquí mando un saludo a los exguardias civiles, a los «forales» de brazo en alto, a tantos jefes de provincias que, para medrar y asegurar su subsistencia, compadrean con los comisarios. Espero no veros nunca más.

Uno termina cansado de «fascistas» cuya máxima aspiración es recrear la República de Platón; de gente que afirma que, como rebuznaba una pegatina de Bases Autónomas, «más allá de las banderas no cabe pensar»; de violentos desaprensivos que ven en el nihilismo el culmen del pensamiento europeo; de suprarrevolucionarios que sustentan su heterodoxia victimista hermanando a Stalin con Hitler; de fingidos socialistas que aureolan sus propuestas con el nacionalismo más irracional y antiético; de patriotas que rebozan España de catolicismo burgués; de ignaros reduccionistas que se aplican con chauvinista empeño a desacreditar todo lo exógeno por el hecho de serlo; de paganos de pacotilla que inventan dioses de la cerveza y del puño americano. De sujetos, también, que se apropian de símbolos -emblemas, personas, libros, hechos- para su propio provecho sin hacer el menor caso a lo que realmente significan.

2

Y, después de todo, seguimos en pie. Realmente, es lamentable decir esto -o tener que decirlo-, pero es así. Me vi afectado por un sentimiento que sé que ha recorrido siempre las filas de la lucha en España: el desaliento. Sabemos de lo que hablamos y no hace falta más.

Hubo épocas en las que la forma de lucha era la del gueto, la de la organización militarizada o la del círculo intelectual sedentario, anclados todos en un espacio perfectamente delimitado. Así, tenemos las camisas negras, azules y pardas controlando calles concretas de la ciudad (usando la táctica de guerrilla de todos los movimientos revolucionarios); pero también la casa de Ledesma en Santa Juliana, las sedes de Falange por toda España, la Casa Parda del NSDAP, aquel gimnasio-residencia del BNP, el Palacio Venecia del fascismo,… Hoy no queda nada de todo eso; tampoco es el medio idóneo.

El problema es que toda aquella idea de la comunidad representada por un símbolo (el palacio, la casa, la sede, etcétera) ha sido sustituida por Internet. Ahora el punto de reunión no es, ni siquiera, la taberna donde nacían las revistas o los putsch, sino los foros donde, escondidos detrás del anonimato de un pseudónimo, tan lejano del nom de guerre -qué romántica la idea-, que ha sido siempre recurso de la resistencia disidente, los energúmenos se dedican a propagar sandeces y a discutir sobre el sexo de los ángeles. Discusiones bizantinas, al fin y al cabo, que jamás llegan a conclusiones materiales y que niegan, por su misma condición, la natural sociabilidad del individuo y la construcción, a través de ésta, de comunidades de militancia activa.

Hay que retomar la importancia del individuo, negada durante tanto tiempo por los hijos adoptados del fascismo. Es decir, aquellos que, sin desvincularse nunca de la modernidad y la cosmovisión judeocristiana, se enrolaron en filas que le pertenecían. Y el fascismo jamás supo negarse a ello: para éste, el individuo es considerable como tal en virtud de su pertenencia a la comunidad y el servicio que le rinde, cuando es al contrario. La comunidad se legitima si está formada por individuos libres, constructores de un Yo fuerte. Como decía Thiriart, por citar a un neofascista prestigioso, «las cosas son lo que son los hombres».

Sólo así se pueden formular postulados políticos (se trataba de eso, ¿no?) para los individuos. Las propuestas para las comunidades son simples ejercicios de retórica que esconden la práctica endogámica de la filosofía. Las castas de iniciados son, entonces, los únicos que pueden alcanzar la comprensión de lo que se dice. Y los que no siguen esa práctica son expulsados del paraíso bajo pretextos tan peregrinos como «marxistas», «infiltrados» o la clásica acusación de los últimos siglos, «herejes». Y todo por hacer una crítica concienzuda de la economía o de la antropología contemporánea.

Por eso, en España, fueron expulsados del Edén las JONS, CEDADE, Alternativa Europea y Tercera Vía (quizá la línea de vinculación histórico-doctrinal no quede del todo definida, lo sé, pero al lector sutil no le serán ajenas las similitudes entre las formas de estos grupos). Porque entre los demás, los skins y los piñaristas, siempre habrá comprensión. El fetichismo es común, y ahí encontrarán su consuelo, el punto de unión de dos rebaños que no son tan diferentes. Cambia la Esvástica por la Cruz y la Eucaristía por los Conciertos. Los ritos tribales son idénticos y el transfondo conceptual, casi irrelevante en el momento en que aparece en el horizonte una idea (siempre ideas…): España. La visión de ésta como Nación es la clave para entender las similitudes entre masas ideológicas en principio distantes. Para ellos es algo tan insuperable, tan irrenunciable, que son capaces de decir, en la línea de Calvo Sotelo, «antes roja que rota». Hay que identificar, para entender la barbaridad, el rojo con el Mal absoluto, claro.

Retomo el tema del espacio de acción. La única alternativa que le queda a quien quiere afrontar la vida con una actitud revolucionaria es la del nómada. Y quede clara la siguiente precisión: el ser revolucionario no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar algo. Hay cierta diferencia entre la vida normal y la necesidad revolucionaria: donde no llegue la mano alcanzará la espada. La Revolución está para alcanzar un estado de cosas que permita dedicarse a otros asuntos; si no, es innecesaria. Los revoltosos que menudean en todos los círculos antisistema no quieren más que serlo por sentir la violencia acariciar sus vidas, nunca por gozar de la paz posterior. ¿Revolucionarios? Bien, pero ¿con miras a qué? –es lo que deben preguntarse. «Nada más disparatado que pretender que varios hombres se mantenga unidos con un fin exclusivamente revolucionario», Ganivet dixit.

Ese nomadismo, ingénito al espíritu libre (en sentido nietzscheano; sin connotaciones masónicas ni jipiescas, entiéndase), se manifiesta en la potencia del individuo que no se disuelve en el grupo. Guilles Deleuze lo resumía en el devenir revolucionario de los individuos. Una sucesión de hechos revolucionarios pesa más que un «ser» revolucionario en esencia, pero no de manera material. No es época de grandes gestos arrebatados, sino de pequeñas acciones que cambien día a día y persona a persona la realidad.

La natural sociabilidad humana no ha de confundirse con la disolución del humano en la sociedad. Ser masa dista de estar en ella, de vivir entre sus muros. El mito del grupo lo crearon los primeros humanos sedentarios. Hasta aquel momento, el nómada tenía conciencia de pertenencia a un grupo, pero el grupo trabajaba con él en sus mismas condiciones, compartía cada avatar diario y recomenzaba de cero cada poco tiempo. Los sedentarios inventaron la esclavitud, los vicios y la comodidad, que llegan a puntos obscenos. Unas castas de superioridad material que en los nómadas habrían sido imposibles. Aquellos aburguesados no pudieron más que concienciar a los explotados de que ellos eran tanto el grupo como los demás y su función, imprescindible. ¿Qué mejor forma de asegurar la pervivencia de la situación? La ficción ha continuado hasta hoy.

La Revolución, por tanto, tampoco existe por sí misma, sino como mera proyección aglutinante de las personas que la encarnan. Existirá en la medida en que halla quienes la vivan. Para ello, es fundamental edificar una Cultura de Resistencia organizada según el principio de la dispersión. Habrá resistencia donde haya un militante.

Tal es mi objetivo. Seguiremos avanzando.

Categorías:Opinión
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